Imaginemos por un momento que después de un típico conflicto diario (que cada cual se ponga su ejemplo particular) acabamos diciendo alguna de estas frases:

-Pues ahora no vas a ver la tele!

-Te quedarás encerrado/a en tu habitación

-Mañana no saldrás a jugar a la calle!

-Te quedarás sin el móvil!

-...!!!

 

Qué relación hay entre el castigo que hemos impuesto y el acto que lo ha provocado?

Probablemente ninguna y además el resultado no ha sido el que esperábamos. Incluso puede haber provocado el efecto contrario o ninguno: 

-Pues ahora no vas a ver la tele! (resulta que lo que no podía ver en la tele ya no le interesa).

-Te quedarás encerrado/a en tu habitación (el rincón de pensar ¿Qué?).

-¡Mañana no saldrás a jugar a la calle! (puede que llueva y no se pueda salir, ya no te acordarás a la hora de salir,…).

-Te quedarás sin el móvil! (si la cuestión no tiene relación con el móvil no tiene sentido).

... !!!

Así pues, lo que pensábamos que era un castigo a medida acaba perdiendo toda su efectividad.

La mejor manera de afrontar estas situaciones es aprendiendo a ser consecuentes con lo que ha pasado o las situaciones que se han producido.

-Si se ha desordenado algo habrá que volver a guardarlo en su sitio.
-Si no se han hecho los deberes no podemos ir a jugar, o apuntamos en la agenda que no se han hecho los deberes porque no había ganas de hacerlos (sí, sí, así mismo, y ya veréis como las ganas vuelven solas ;-).
-Si no se ha terminado de comer como todos se tendrá que quitar el plato y lavarlo.
-Si no se ha puesto la ropa para lavar no la tendrá cuando la necesite.
-…y así con todas aquellas situaciones del día a día que ponen a prueba nuestro autocontrol del estrés provocado por los pequeños conflictos diarios.
 

Debemos instentar que:

-La decisión que tomemos sea consecuente con los actos que nos han llevado a tomarla

-Que nuestra respuesta sea inmediata, dentro del mismo espacio de tiempo, no podemos esperar a mañana porque ya no recordaremos cual era la causa y probablemente ya lo habremos solucionado.

-Explícales que resolvemos aquello que no se ha hecho bien porque les ayuda a crecer.

-Mantengamos una actitud de serenidad y de disponer de todo el tiempo del mundo.

-Nuestro tono de voz no debe alterarse: naturalidad.

-A menudo, un silencio vale más que mil palabras.

 

Por tanto no hablemos de castigo sino de resolver consecuentemente aquello que no ha ido como debía.

Por otro lado, pasa lo mismo con las recompensas o premios. ¿Por qué hemos de premiar aquello que ya hay que hacer bien de entrada? Hacer bien lo que sea forma parte de la normalidad y por tanto la normalidad no es algo que se deba gratificar sino que la satisfacción de hacer el trabajo bien hecho ya debe ser la recompensa al esfuerzo o dedicación realizados.

Una palmadita en el hombro, un muy bien, un sigue así,… y seguir animando.

Esta es la mejor recompensa, la que sale del corazón.